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Filípides de Maratón (III)

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Al ir acercándose el alba, le acudieron a la memoria los versos del divino Homero, que escuchara de aquel aedo ambulante, en la última fiesta de la cosecha. Era verdad lo que cantaba el de Quíos: la aurora teñía con sus dedos de rosa, azafranados el cielo matutino antes de que el sol se adueñara por completo del universo.

Adoraba los versos de Homero, sobre todo los que contaban la caída de Ilión. De entre todos los héroes, sin duda, su predilecto era Aquiles, el de Pies Ligeros. Como él, se rió: como Fidípides, el de alados pies.

Llevaba ya casi dos horas corriendo. Rememoró su encuentro de la noche anterior con el dios Pan y sus palabras. Seguía dudando de si había sido real o producto de su cansancio, pero decidió que, aunque lo tomaran por loco y se burlaran de él, comunicaría la petición del dios a los arcontes de Atenas.

Una dolorosa punzada a la altura del gemelo izquierdo le advirtió de que estaba exigiendo al máximo a su cuerpo, de que estaba abusando de sus fuerzas más allá de lo humanamente posible. Recorrer en menos de dos días 1378 estadios (240 Kms.) por aquellos parajes tan agrestes y regresar con el ejército espartano a marchas forzadas, para ayudar a sus conciudadanos en la batalla decisiva contra los persas, era una tarea sobrehumana. Propia de dioses o héroes como los que cantara Homero. Él no era un héroe, sino un humilde destripaterrones. Pero era Fidípides, el ganador de tres coronas de olivo en los juegos de Olimpia y en los de Delfos. Su polis, la predilecta de la de Ojos de Lechuza, dependía de su resistencia y velocidad.

Ruinas de Esparta

Ruinas de Esparta

Al fin divisó las cumbres del legendario Táigeto, en el que contaban que los espartiatas, los nobles guerreros que estaban en la cima de la sociedad espartana, abandonaban a aquellos de sus niños que hubieran nacido demasiado débiles o tullidos, a fin de que fueran pasto de las fieras.

Al ateniense le sorprendió que la capital de Lacedemonia no estuviera protegida por murallas, a diferencia de la propia Atenas y otras polis helenas. Los espartanos se ufanaban de que sus mejores murallas eran sus guerreros, los míticos hoplitas.

En las afueras de la ciudad observó a varios espartiatas ejercitándose en su único oficio: la guerra. Observó a un grupo de niños de poco más de ocho años subiendo una ladera con un saco de piedras cargado a sus espaldas. Si alguno tropezaba o aminoraba la marcha, los preceptores los azotaban con unas varas en las corvas hasta que se reincorporaran al pelotón. A Fidípides le vino a la memoria lo que contaban de que las madres espartanas les decían a sus hijos cuando los despedían al ir a combatir: “Vuelve con tu escudo o sobre él”. Lo primero que abandonaba un guerrero, al ver perdida una batalla, era el escudo para huir más rápidamente. Estaba claro que la derrota no entraba en la mente de aquellos lacedemonios. O volvían victoriosos con su propio escudo o los traían sus compañeros muertos sobre el escudo.

A su izquierda vio a un grupo de hoplitas, con su característica capa roja y su escudo con la lambda grabada. Los vio maniobrar, fascinado. Con la ayuda de aquellos guerreros los atenienses acabarían con cuantos medos se pusieran por delante.

Empuñó nervioso el bastón que lo identificaba como heraldo y, por ende, inviolable. No podía olvidar, sin embargo, que esos mismos orgullosos lacedemonios violaron esta sacrosanta ley y arrojaron a un pozo a los emisarios del maldito rey persa, que ahora amenazaba al Ática, cuando acudieron allí a pedir la sumisión de toda Lacedemonia.

Lo detuvo una patrulla a la entrada de la ciudad. Se identificó y pidió ser llevado ante uno de los diarcas. En Esparta había una diarquía: dos eran los reyes que gobernaban al mismo tiempo. El oficial al mando hizo una seña a uno de los guardias y éste le indicó que le siguiera.

El ateniense intentó establecer alguna conversación con el hoplita, pero éste le respondió con monosílabos y se encerró en su silencio. Con razón, entre los griegos se decía de alguien que era lacónico, cuando era hombre parco en palabras. Los lacedemonios eran laconios y a la vista estaba lo reservados que eran.

Fidípides se dedicó entonces a observar a las personas y edificios que le salían a su paso. Los templos y viviendas eran mucho más austeros que los que se veían por las calles de su ciudad. Observó a personas vestidas con trajes de color pardo: eran los ilotas, los siervos de los espartiatas, encargados de las tareas agrícolas que garantizaran el avituallamiento de sus señores, que sólo se dedicaban al arte de la guerra. Unos artesanos de origen no espartano ni ningún derecho tampoco, los periecos, se encargaban de la fabricación de armas, vajillas de cocina y aperos de labranza. Ninguno fabricaba joyas ni otros objetos de lujo como los que abarrotaban los mercados de Atenas. Ningún mendigo. Ningún lisiado. Ningún obeso. Nadie ocioso.

El guardián lo llevó ante la casa del diarca Cléomenes y lo hizo entrar. En nada se diferenciaba de las demás que vieron a su paso. Ningún adorno superfluo. El diarca lo aguardaba con dos jóvenes hoplitas en un mal iluminado salón. Un esclavo ofreció al mensajero un cuenco de sal y otro de agua como señal de bienvenida. Fidípides se mojó los dedos en ambos y expuso el motivo de su misión.

– Sin duda es vital tu mensaje, heraldo. Yo no puedo tomar por mí sólo la decisión. He de consultar con mi otro colega y reunir el consejo de los éforos.

– Llevadme, pues, ante ellos de inmediato, os lo ruego. Puede que los persas estén ya asediando la acrópolis de Atenea.

– Tiempo al tiempo, joven. No te lo tomes a mal, pero no puedes presentarte de tal guisa, cubierto de sudor y polvo y con esas ropas ajadas ante el consejo. Permite que mi hermanastro Leónidas te lleve a la casa de baños a adecentarte, mientras que nosotros convocamos a los demás.

El ateniense siguió al príncipe por las calles de la ciudad. Leónidas era más o menos de su edad, aunque le sacaba casi dos cabezas y su cuerpo era el de un guerrero acostumbrado a la extrema disciplina militar espartana. Llevaba el cabello largo recogido en cuidadas trenzas y una corta barba. Su mirada era la de un líder. Su porte, el de un rey. Guerrero.

– ¡Casi 1380 estadios sin parar en menos de dos días! Mereces sin duda ser uno de nuestros Iguales. De hecho, me hiciste vibrar en las pasadas Olimpíadas cuando adelantaste al argivo y al tebano en la última vuelta y te coronaste con la corona de olivo. ¡Hermosa carrera, por la divina Atenea!

– Me honráis con vuestras palabras, príncipe. Cuando corro siento como si un dios me poseyera y me infundiera vigor.

El espartano acompañó a su huésped hacia los baños comunales, adosados al gran comedor, en el que comían juntos todos los hombres en edad militar, diarcas inclusive. Tras ser aseado por unos ilotas en una tina de agua limpia le trajeron una túnica y unas sandalias nuevas parecidas a las de los hoplitas y lo llevaron ante el consejo.

Se sintió intimidado ante la majestad de los cinco éforos o supervisores y los dos diarcas. Expuso ante ellos la petición de los arcontes atenienses para que el ejército lacedemonio auxiliara de inmediato a los áticos. Al finalizar su exposición, Cleómenes le pidió que les dejara solos.

Leónidas lo volvió a acompañar al comedor comunal, donde le sirvieron la tradicional sopa negra, un sencillo caldo de carne de cerdo oscurecido con sangre porcina y vino. Aunque era voz común que el caldo negro era de lo más insípido e, incluso, se hablaba con malicia de un sujeto de Síbaris que, al probarlo, exclamó: “Ahora comprendo por qué a estos espartanos no les importa morir”, a Fidípides no le supo mal y apuró con voracidad las dos escudillas que le sirvieron.

Por mandato de Leónidas, dos ilotas le dieron un masaje para relajar y fortificar sus machacados músculos. El espartiata hablaba poco, pero al ateniense le inspiraba una gran confianza. Era un hombre acostumbrado a dar órdenes, al que sus hombres seguirían hasta el mismo Hades.

Un oficial les avisó de que los éforos y los diarcas ya habían tomado la decisión y que los aguardaban en el Consejo. Las caras de los magistrados, como talladas en cera, no eran nada halagüeñas. Tomó la palabra Cleómenes que sucintamente le explicó que en Esparta se estaban celebrando las fiestas religiosas de las Carneas y la tradición y los dioses marcaban que en ese período no se podía emprender ninguna acción bélica. Debían esperar hasta el próximo plenilunio, en diez días. Instaba al demos ateniense a resistir hasta entonces, seguros de que con la ayuda de los hoplitas laconios los medos serían batidos.

Leónidas, impetuoso, intentó argüir que las noticias que habían llegado de la isla de Naxos y de Eubea, donde los persas habían incendiado y devastado varias ciudades, eran muy preocupantes… Una mirada gélida de su hermanastro Cleómenes lo hizo callar.

Fidípides sintió cómo sobre su alma caía una losa de varios talentos de peso, al comprender que la decisión era inapelable y que los áticos debían vérselas por sí solos contra la plaga meda. Se despidió reverencialmente y salió al exterior acompañado por Leónidas.

– Lo siento, amigo, ten por seguro que, en cuanto llegue el plenilunio, yo mismo me pondré al frente de las tropas y haremos huir a esos malditos medos como gallinas entre las zorras. Ahora, hazme el honor de ser mi huésped esta noche. Te aseguro que haré que te sirvan algo más sabroso que nuestra sopa negra.

– Os lo agradezco con toda mi alma, príncipe. No os ofendáis, pero mi polis me necesita. He de regresar de inmediato con las noticias y a ponerme a disposición de mi estrategos.

– Desde luego, mereces ser uno de nuestros Iguales, un espartiata de pura cepa. Permite, al menos, que ordene que te preparen un buen zurrón con provisiones y bebida y una capa para la lluvia, pues en esta época tanto en el Táigeto como en el Partenio sobrevienen tormentas muy traicioneras. Créeme: será un honor para mí batirme a tu lado en la batalla, Fidípides. Que Heracles, nuestro divino antepasado vele por ti.

Una vez pertrechado con todo el equipo que le dio su anfitrión, el joven reemprendió su carrera contra el tiempo, contra la misma Historia. Se animaba a sí mismo catando el peán de batalla, que le habían enseñado en su escuadrón, o el himno a la de Ojos de Lechuza, que le hiciera memorizar su madre. Su madre, víctima indefensa, como todos los demás atenienses, de los bárbaros si no sucedía un milagro. Estaban solos. Solos como la muerte.

2 comentarios

  1. […] Al ir acercándose el alba, le acudieron a la memoria los versos del divino Homero, que escuchara de aquel aedo ambulante, en la última fiesta de la cosecha. Era verdad lo que cantaba el de Quíos: la aurora teñía con sus dedos de rosa, azafranados el cielo matutino antes de que el sol se adueñara por completo del universo.  […]

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