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Filípides de Maratón (II)

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No se le iban de la memoria los acontecimientos de la última noche, cuando fue despertado de su tienda de campaña en el campamento de fuera de los muros y requerido a presentarse sin demora en el pritaneo del Ágora. Allí lo aguardaban, con cara de no haber podido dormir y una sombra de preocupación en sus semblantes, los estrategos Milcíades, Temístocles y Arístides y el polemarca Calímaco.

Sus órdenes fueron claras. Debía correr como alma perseguida por las furias hacia Esparta para pedir ayuda a su ejército. Los persas, tras haber arrasado las polis aliadas de Eretria y Naxos, iban rumbo hacia el Ática, para desembarcar el mayor ejército jamás visto en esas tierras y asolar Atenas y sus contornos.

Sólo él, Fidípides, el vencedor en tantas carreras, el orgullo de los atenienses, podía correr a Esparta y traer consigo al contingente espartano antes de que los medos asolaran el Ática cual plaga de langosta. No había duda de que lo harían. Con ellos viajaba el traidor Hipias, el tirano ateniense depuesto décadas atrás que quería vengarse. Aun a costa de devastar su patria.

Lo importante era no fallar a su polis. El recorrer en poco más de un día los casi 1378 estadios (240 Kms.) que separaban la capital del Ática de Esparta. Y volver de inmediato con el contingente espartano. Atenas, su Democracia, su modo de vivir no podía enfrentarse sola a las hordas bárbaras.

Intentaba mantener alejados la fatiga, los continuos calambres que aguijoneaban sus exhaustos músculos. Como le predijera el pastor, la noche lo alcanzó adentrándose en las espesuras del Partenio, que separaba las regiones de la Argólida y Arcadia.

Cada vez el camino se iba haciendo más impracticable por lo supino de sus cuestas y la tupida fronda. Fidípides observó un tosco altar construido en un recodo dedicado a Pan, divinidad agreste, híbrido de macho cabrío y hombre, protectora de rebaños y pastores. El joven se detuvo unos instantes, sacó un puñado de higos secos y los puso como ofrenda en la losa del altar. Tras encomendarse al dios, reinició su carrera.

Le resultó imposible seguir corriendo si no quería precipitarse por alguno de aquellos precipicios y barrancos. Apenas había luz. Optó por detenerse. Se apoyó en una encina centenaria, puso a mano su espada y tras comer algo del queso y del pan del cabrero, se dispuso a dormir unas horas.

Cercano oía el ulular de una lechuza. Era un buen augurio: lo arrullaba el canto del ave consagrada a su diosa protectora, Atenea, la de glauco mirar. Se dejó acariciar por el arrullo del ave, por la llamada algo más distante de un cuco y por la música que el viento arrancaba a las ramas y hojas del bosque. Un profundo sopor se apoderó de él. Se dejó vencer.

Pero era un guerrero y su cuerpo entrenado para ello no dormía del todo. Un sonido extraño lo despertó abruptamente. Empuñó su espada y asió su capa envolviéndose con ella el brazo a modo de escudo.

La poca luz de las estrellas que filtraban los árboles apenas lo dejaban ver. Escuchó unos pasos a su espalda y se volvió a la defensiva. Nada. Pero no estaba solo. Se mantuvo alerta.

Una voz sobrehumana le llegó desde su izquierda:

– No temas, Fidípides: ningún mal te ha de venir de mí. Me han complacido sobremanera los higos que pusiste ante mi altar y quería agradecerte tu ofrenda con un consejo vital para ti y para tu polis. Depón tu arma y permite que te me acerque.

El guerrero se frotó los ojos, por si se tratara de un mal sueño y aún anduviera dormido. Bajó la guardia. Observó acercarse al ser más maravilloso que hubiera visto en su corta vida: tenía pezuñas, patas y cuernos de macho cabrío, pero su rostro y su torso eran humanos. De una belleza inconmensurable. Empuñaba en la diestra un cayado y de su cuello pendía una siringa: el joven reconoció a Pan.

Se quedó estupefacto. No sabía si postrarse en el suelo o salir huyendo. Sin pensarlo cogió el odre de vino que le regalara el pastor, llenó un pocillo y se lo ofreció al semidiós. Éste lo bebió con una sonrisa lujuriosa de un trago. Pidió un segundo más.

Filípides cuadroSiempre me has sido caro, Fidípides. Nunca te has olvidado de rendirme homenaje. Por eso me tienes ante ti. Quiero que cuentes a todos tus conciudadanos que me has visto, que te he dicho que estoy algo disgustado con ellos porque han descuidado mi culto. En toda Atenas no hay ni una mísera capilla pública donde los atenienses puedan depositarme ofrendas. Diles que, si se comprometen a levantarme un altar, mi ayuda les será crucial, para salir airosos de la gran prueba a la que los someterán los medos en el Campo de Hinojos.

Ahora, duerme, mi joven amigo: mañana te aguarda una jornada aún más dura que ésta. Los dioses te han reservado un gran destino.

Fidípides parpadeó un solo instante. Cuando abrió lo ojos, el dios había desaparecido. Volvió a tumbarse y se durmió de inmediato. Esparta lo esperaba. Atenas dependía de su rapidez y resistencia. Los dioses estaban con él.

3 comentarios

  1. […] No se le iban de la memoria los acontecimientos de la última noche, cuando fue despertado de su tienda de campaña en el campamento de fuera de los muros y requerido a presentarse sin demora en el pritaneo del Ágora. Allí lo aguardaban, con cara de no haber podido dormir…  […]

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