La isla de las Palomas, el punto más meridional de Europa

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Imagen de un antiguo embarcadero y al fondo la duna de Valdevaqueros. Foto: C.González
Imagen de un antiguo embarcadero y al fondo la duna de Valdevaqueros y la almadraba. Foto: C.González

Mientras observaba cómo las siluetas de los buques se desplazaban lentamente con la proa dirigida hacia un extremo u otro del Estrecho, una ligera brisa hacía más fácil la estancia en la Isla, bajo un cielo teñido de azul intenso. Acostumbrada esta tierra a ser objeto continuo de la lucha sin tregua de los vientos de Levante y Poniente, en ese instante el único sonido que la envolvía era el choque tranquilo de las olas contra las rocas y el graznido de cientos de gaviotas.

Ellas, desafiantes, chillaban de manera estridente, sobrevolando y advirtiendo de que ese era su espacio vital y lo hacían, principalmente, en defensa de sus polluelos, cuyo plumaje marrón contrastaba con el blanco y gris de sus progenitores.

Me encontraba en la punta más meridional de Europa, en la isla de Tarifa, conocida también con el nombre de isla de las Palomas, aves que se relacionan con la espuma blanca que forman las olas del mar. Es un lugar privilegiado y de gran importancia ecológica, en pleno Parque Natural del Estrecho.

La isla, totalmente protegida al igual que sus aguas más cercanas, está hoy unida a la ciudad de Tarifa (Cádiz) mediante un espigón artificial de 249 metros de longitud por el que, en días de temporal y en función del viento dominante, podemos ver cómo procedentes bien del Mediterráneo o bien del Atlántico, las olas salpican ese espacio de tierra ganado al mar y que une la ciudad con la isla.

Este magnífico enclave natural, hasta principios del actual siglo zona militar, sigue cerrado al público dado que, aunque desafectado por el Ministerio de Defensa, alberga actualmente un Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE), que por otro lado ocupa una minúscula parcela de una isla que, desde su frontal con tierra, aparenta un tamaño mucho menor del que realmente tiene.

Para muchas personas la Isla se ha convertido en una cárcel.  Uno de los antiguos barracones militares ha sido acondicionado para acoger a inmigrantes procedentes del Tercer Mundo, en situación de retención, que no de detención. Sin embargo, detrás de estos CIE se esconde una realidad carcelaria difícil de ocultar.

Siglos atrás, la isla de las Palomas fue elegida por los fenicios como base  de intercambio comercial así como asentamiento funerario y para la práctica de cultos y sacrificios. Aún hoy podemos contemplar restos de dichas edificaciones en la parte norte de la Isla. Allí podemos imaginarnos también, muy cerca de la puerta de acceso, el antiguo embarcadero, levantado en la zona Atlántica y desde el que se tiene una visión privilegiada de la almadraba, cuya campaña acaba de finalizar.

En primer plano, restos fenicios en la Isla. Al fondo el puerto de Tarifa. Foto: C. González
En primer plano, restos fenicios en la Isla. Al fondo el puerto de Tarifa. Foto: C. González

De hecho, fueron los fenicios los primeros en poner en marcha la que sería una de las
industrias más florecientes de la zona, dedicada a la captura del atún rojo mediante un laberinto de redes que atrapa sin escapatoria el apreciado túnido.

A lo largo de toda la Isla destaca a modo de manto violáceo la Limonium Emarginatum, planta endémica de la costa del Campo de Gibraltar, y que se extiende desde Punta Carnero (Algeciras) hasta Punta Camarinal (Tarifa). También puede encontarse en Marruecos. Se trata de una planta en peligro de extinción por lo que a medida que me desplazo por la Isla evito en la medida de lo posible pisarla. También en esta zona se encuentra la Patella Ferruginea, gasterópodo marino endémico del Mediterráneo occidental y considerado como uno de los invertebrados más amenazados de esta región geográfica.

Cantera para el Castillo

Continuando el recorrido por la zona de Levante, me topo con una cantera, cuya piedra ostionera (calcarenita), roca sedimentaria muy porosa formada por restos de conchas, se utilizó para la construcción del Castillo de Tarifa. Durante y después de la Guerra de la Independencia entre España y Francia se impone una tasa a todo aquel barco que llega al puerto de la Isla. El precio varía entre los 12 maravedíes que tenían que aportar las naves locales y los 24 que debían pagar las embarcaciones extranjeras.

Restos fosilizados. Foto: C. González
Restos fosilizados. Foto: C. González

Teniendo a los británicos como aliados y gracias a ese dinero, se pudo afrontar la fortificación de la Isla y la construcción del que sería el primer faro de la costa peninsular del Estrecho y el segundo tras el de Ceuta. Acercándonos a su torre, vemos cómo su blanco inmaculado se perfila contra un cielo limpio de nubes. Los primeros 17 metros de la actual instalación, construida en 1811 para ayuda a la navegación, conforman una torre de sillares, levantada en la época de Felipe II  (Siglo XVI).  La torre era, originalmente, de forma troncocónica. Al construirse el faro justo encima de la torre, la altura se duplicó. Su luz alcanzaba entonces las 30 millas.

Si trasladamos nuestra mente a otras épocas, podemos comprender de qué forma esas aguas eran prácticamente intransitables en los meses de invierno. Esos barcos a vela apenas podían navegar azotados por los fuertes temporales, lo que hacía imposible fondear junto a la isla en los periodos que discurren entre los meses de octubre y abril. Además de los problemas meteorológicos, al navegar había también que afrontar los reiterados ataques de los barcos corsarios.

Avanzando en el tiempo, ya en época de la dictadura de Francisco Franco, la Isla también acogió otro tipo de construcciones, en este caso enmarcadas en la política de asentamientos defensivos que se extendieron a lo largo de la costa del Campo de Gibraltar. Aquí se pueden observar búnkeres y construcciones acasamatadas para piezas artilleras, además de numerosos polvorines.

Edificaciones de casamatas. Foto: C. González
Batería de casamatas. Foto: C. González

Tanto a Levante como a Poniente, sendas baterías de casamatas, construidas  en el siglo XIX, mantienen íntegra su estructura. Una de ellas recibe el nombre de San Fernando mientras que la que se ubica en la parte occidental de la Isla fue bautizada con el nombre de Daoiz y Velarde.

Durante el minucioso recorrido por la Isla, de la mano del Parque Natural del Estrecho, en la zona más próxima al faro, elevándose entre las olas que los masajean, se puede observar un conjunto de grandes bloques de piedras planas que se adentran en el mar y que conforman la Punta de Tarifa, el punto más meridional de Europa. Es allí donde el Mediterráneo y el Atlántico se unen, donde ambos mares a veces se acarician y otras se enfrentan, donde el Sur de Europa abre sus puertas a otras culturas y donde otras civilizaciones han dejado marcadas su huellas desde hace miles de años.

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