Las profecías de San Malaquías

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La famosa foto del rayo que cayó sobre la cúpula de San Pedro (para ser exactos, sobre su pararrayos) el día en que se conoció la renuncia de Benedicto XVI, y que algunos quisieron presentar como una especie de signo profético.
La famosa foto del rayo que cayó sobre la cúpula de San Pedro (para ser exactos, sobre su pararrayos) el día en que se conoció la renuncia de Benedicto XVI, y que algunos quisieron presentar como una especie de signo profético.

Como estamos en vísperas de la elección de un nuevo Papa, en las próximas semanas iremos oyendo cada vez más explicaciones acerca del protocolo cardenalicio, el origen de la costumbre de encerrar a los cardenales hasta que formulen su elección, la forma de conseguir que la “fumata” sea blanca o negra… y las profecías de San Malaquías. De hecho, en esta ocasión probablemente escuchemos aún más ruido del habitual a cuenta de las dichosas profecías: al fin y al cabo, según se desprende de ellas, durante su reinado el próximo papa

dará pasto a sus ovejas, padeciendo muchas tribulaciones, pasadas las cuales la Ciudad de siete montes (es decir, Roma) será destruida, y el tremendo Juez vendrá a juzgar a su pueblo.

De modo que al atractivo de las profecías papales se le añade el irresistible encanto de una predicción apocalíptica. ¿A que es fantástico?

Claro que, para fantásticas, sus profecías, que sin embargo sirven como ejemplo estupendo de cómo funcionan (es decir, cómo podemos llegar a tragarnos) estas cosas. San Malaquías, o Máel Máedóc Ua Morgair para los amigos (intenten pronunciarlo en voz alta, venga), fue un arzobispo irlandés del siglo XII, muy conocido por su piedad (entre los católicos) y por su falta de piedad (entre los paganos de la isla, a quienes persiguió implacablemente). De hecho, fue canonizado en 1199, apenas medio siglo después de su muerte. Pero su verdadero salto a la fama se produjo mucho después, a finales del siglo XVI, cuando aparecieron publicadas sus famosas profecías sobre los Papas.

Profecías que constan de una serie de “lemas”, breves frases que se supone describían a los Papas desde la época de San Malaquías hasta el fin del mundo, que por lo visto está al caer. Lo malo es que los describía con desigual suerte. Como contaba Fray Benito Jerónimo Feijoo, quizá el primer “destripador” de las profecías,

estas profecías son muy claras, en orden a aquellos Papas, que precedieron el tiempo de su publicación, y obscurísimas respecto de todos los que se subsiguieron. Explicaréme. Empiezan las profecías desde Celestino Segundo, que reinaba cuando murió S. Malaquías, y prosiguen por todos los Papas que hubo después, y que habrá hasta el fin del mundo. La designación de cada Papa consiste en un breve mote, en que se explica, ya el nombre, ya la patria, ya otra alguna circunstancia particular a la persona. Estos motes se ajustan con gran propiedad a todos los Papas que hubo por espacio de 447 años, contando desde Celestino Segundo hasta Gregorio Decimocuarto inclusive; pero es menester interpretar los que se siguen con suma violencia, para acomodarlos a los Papas que hubo desde Gregorio Decimocuarto, hasta Benedicto Decimotercio, que al presente reina.

Para Feijoo, la coincidencia en las descripciones de los Papas hasta Gregorio XIV y los posteriores desatinos indicaban que las profecías habían sido escritas en algún momento entre 1590, fecha de la elección de Gregorio XIV, y 1595, cuando el monje Arnoldo Wion publicó las profecías en su libro Lignum vitæ, ornamentum, & decus Ecclesiæ. Y sus conclusiones eran en general correctas, aunque él también cometía un error: el lema De antiquitate urbis, “de la antigüedad de la ciudad”, se refería -como Feijoo suponía- a Orbieto (Urbs Vetus, “ciudad antigua”), pero quien era de allí no era Gregorio XIV, sino uno de sus rivales en la elección papal, el cardenal Girolamo Simoncelli. Evidentemente, las profecías fueron fabricadas en 1590 para apoyar la elección de Simoncelli.

Feijoo seguía diciendo que las profecías se convertían en una colección de disparates para los Papas que sucedieron a Gregorio XIV hasta la época en que escribió su Teatro Crítico Universal, entre 1727 y 1739, y lo cierto es que desde entonces la cosa no ha mejorado. A pesar de los esfuerzos de los vendedores de misterios resulta difícil considerar a Pío XII como un Pastor Angelicus, a Juan XIII (el supuesto Pastor et Nauta) no se le conocían vinculaciones marineras, y calificar a Pablo VI como Flos florum, “la flor de las flores”, puede ocasionar serias crisis de fe incluso entre sus más devotos. Mejor lo tuvieron los agoreros con Juan Pablo I, a quien le tocaba ser De mediatate Lunae (“de la mitad de la Luna”): echándole una buena dosis de desvergüenza nos contaron que esa “media luna” se refería a la duración de su pontificado, que aunque breve fue de 33 días, bastante más de una luna enterita. Para Juan Pablo II bastó un poco de imaginación para traducir su De labore Solis, “del trabajo del Sol”, como una alusión a sus viajes; le hubiera servido también si hubiese sido un Papa sedentario (nos hubieran dicho que trabajaba “de sol a sol”), si hubiera procedido de un país más soleado que Polonia, o tuviera un pelo tan rebelde que le costase trabajo colocarse bien el solio. Y en el caso de Benedicto XVI, el presunto De gloria olivae, hubo que hacer verdaderas filigranas hasta encontrarse con que hubo una rama de la orden benedictina que se asentó en un lugar llamado Monte Oliveto. Lo cierto es que ni Joseph Ratzinger es benedictino, ni su nombre tiene que ver con el fundador de la orden (que fue San Benito), ni consta que haya puesto nunca los pies en Monte Oliveto, pero bueno, eso son detallitos sin importancia.

En fin, que las profecías son una bobada como una catedral (o como la basílica de San Pedro, ya puestos), pero seguro que darán que hablar estos días. Claro que lo mejor vendrá después: ¿se imaginan cuando aparezca en el balcón el nuevo Papa, anuncie que se llame, por poner un ejemplo, Manolo I, los corresponsales nos expliquen que se trata de un cardenal de Beluchistán… y los vendedores de misterios tengan que encajar todo eso en una profecía que lo bautiza como Pedro Romano?

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La idea de 'Ciencia de papel' es que la divulgación científica no debe limitarse a mostrar el grano: también hay que separarlo de la paja y denunciar esas creencias parásitas que intentan hacerse pasar por conocimientos científicos. Esperemos lograrlo con la ayuda de ustedes.

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