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¡Quieto todo el mundo!

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Esas son las palabras de Antonio Tejero, teniente coronel de la Guardia Civil, cuando irrumpe en el Congreso de los Diputados pistola en mano y acompañado de unos 200 miembros de este cuerpo el 23 de febrero de 1981. Una imagen que pasaría a la posteridad y que sería grabada por las cámaras de TVE, que estaban retransmitiendo la votación para la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del gobierno tras la dimisión de copartidario, Adolfo Suárez, cuando se produjo el golpe.

Antonio Tejero

Antonio Tejero

Pero debemos preguntarnos cómo se llega a esta situación, y de qué manera se puso fin a este intento de golpe de Estado que pudo haber acabado con nuestra recién inaugurada democracia, que se encontraba aún en proceso de gestación y configuración. Obviamente, hay que señalar, en primer lugar, la oposición de los sectores más reaccionarios de los cuerpos de seguridad del Estado hacia la democratización del sistema político español y todo lo que ella conllevaría. Este descontento del Ejército, Guardia Civil y otros cuerpos de seguridad se va a manifestar desde los primeros momentos de la Transición, pero no van a conseguir frenar este proceso. Sin embargo, es un descontento que va a ir creciendo cada vez más, y que se va a canalizar en este golpe de Estado, y en algunas tentativas anteriores, en un momento en que la democracia estaba envuelta en numerosos problemas.

Uno de estos problemas era el del terrorismo y la violencia, ejercidos desde sectores de extrema izquierda, como el GRAPO o el FRAP, pero también desde la extrema derecha, principalmente falangistas y ultraconservadores, como los Guerrilleros de Cristo Rey. Aunque en este sentido, fue ETA quien llevó a cabo una mayor actividad terrorista. Como prueba del descontento militar frente a esta situación, vemos la actuación de un grupo de civiles y militares que en el entierro de las víctimas de un atentado del GRAPO van a pronunciarse a favor de Franco y en contra del nuevo gobierno.

A ello hay que sumar las reformas políticas que se estaban produciendo desde la llegada de Suárez al poder, como la legalización de todos los partidos políticos, incluido el PCE. Particularmente la legalización de éste despertó una gran oposición entre los defensores del régimen franquista, ya que para ellos, representaba todo lo contrario a la España del Caudillo. También estaban en contra de los nuevos derechos y libertades que se habían plasmado en la Constitución de 1978.

Si tenemos en cuenta también el proceso de desgaste político que estaba sufriendo la figura de Suárez y la descomposición y división interna de su propio partido, el proyecto político de ambos se estaba empezando a debilitar.

Y es en estos momentos cuando se dan los primeros intentos de golpe de Estado, como la llamada Operación Galaxia, que pretendía hacerse con el poder asaltando La Moncloa y estableciendo un Gabinete de Salvación Nacional, a finales de 1978. En esta conspiración golpista estuvo implicado Tejero, al que se impuso una condena de 7 meses y un día, de manera que no se vio impedido para encabezar el nuevo intento de golpe de Estado de 1981.

Visto todo esto, hacia principios de 1981, la situación social era bastante tensa, y el temor hacia una sublevación militar era importante, toda vez que las manifestaciones de rechazo hacia el nuevo sistema político por parte de los sectores militares iban en aumento. Es en este momento cuando Adolfo Suárez decide dimitir, en enero de 1981, y un mes después, en el Congreso, se celebra la votación para nombrar a Calvo Sotelo como sucesor de éste.

Se produce entonces, durante la sesión, la irrupción de Tejero y sus tropas en el Congreso. Una imagen destacada de estos momentos es la que protagoniza el teniente general Gutiérrez Mellado, que por entonces era vicepresidente primero del Gobierno, y que se rebela contra la actuación de Tejero y le ordena que se detenga, como superior suyo que era en la escala militar. A pesar de ello, se produce finalmente el secuestro de todos los diputados, que no durará más de 18 horas, pero que sembrará un gran temor entre la mayoría de la sociedad española, que permaneció atenta en todo momento a las novedades que se producían al respecto.

Los golpistas intentan reducir a Gutiérrez Mellado

Los golpistas intentan reducir a Gutiérrez Mellado

A pesar del apoyo al golpe por parte del general Armada en Madrid y Milans del  Bosch en Valencia, muchas otras capitanías y regiones militares se mantuvieron leales al Rey o se mostraron indecisas. Es un momento de incertidumbre y miedo, en el que España temía por la continuidad del régimen democrático que tantos años y esfuerzo había costado.

Tampoco hay que restar importancia a la actuación del Rey y su posicionamiento en contra de la sublevación y en defensa del nuevo sistema, que pone de manifiesto antes las cámaras de TVE en la madrugada del mismo día 23.

Ya el día 24 se llegó a un acuerdo con los golpistas para que desistieran y abandonaran el Congreso. Se detienen entonces a los principales cabecillas, como Tejero, Armada y Milans del Bosch, aunque no a las tropas que estaban bajo su mando, y se les condenó a penas de cárcel.

De esta manera se desarticula un movimiento que casi pone en jaque al sistema democrático español y que supone uno de los últimos coletazos de la oposición hacia ésta y hacia las reformas que se venían dando desde la muerte de Franco. El desmantelamiento de esta sublevación militar no supone el  fin del descontento de este sector, pero sí una importante victoria de la democracia frente a los sectores ultraconservadores que pedían la vuelta a la política caduca de la España franquista.

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