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Diez cosas que NO hacer ante el fin del mundo

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Ya comentamos la semana pasada que lo del fin del mundo del día 21 parece poco probable, a pesar de que haya agoreros que sigan asegurándolo. O incluso que tengamos a la vista algún signo apocalíptico, como es el hecho de que el día 21 haya Consejo de Ministros. Pero, por si las moscas (bueno, y con bastante coña, todo hay que decirlo) estos días están proliferando toda clase de listas de cosas que hay que preparar, hacer o llevar consigo para la eventualidad de que los mayas, esos que no fueron capaces de prever ni siquiera el final de su propia civilización, tuvieran razón y nuestro mundo se acabe el próximo viernes. Aquí no vamos a ser menos y prepararemos también una lista, pero vamos a intentar que sea un poco original: se trata de diez cosas que no hay que hacer ante la llegada del fin del mundo. Vamos con ello.

1.- Preparar una bomba. En las historias de ciencia ficción sobre el fin del mundo suele haber un ingrediente común: alguien intenta evitarlo a base de bombazos. Ya sea que un meteorito se nos viene encima, como en Armageddon, que el núcleo de la Tierra empiece a hacer cosas raras, como en El núcleo, o que un peligroso virus alienígena se escape de un laboratorio, como en La amenaza de Andrómeda, la solución favorita de los guionistas suele ser echar mano de una bomba nuclear. O mejor aún, de unas cuantas. Pero desengáñese: aparte de que reunir el uranio o el plutonio suficiente para construir una bomba atómica no es tarea fácil, ni siquiera rebuscando en el fondo de ese cajón de la mesita de noche al que van a parar las cosas más inverosímiles, lo de la bomba no sirve para nada. Lo de El núcleo es un disparate, la posibilidad de que un virus totalmente ajeno a nuestra biología nos provoque alguna enfermedad es bastante remota, y destruir un asteroide a base de pepinazos nucleares, en el caso de que fuese posible, sería igual que si transformásemos una bala en una salva de postas: sería igual de letal, solo que haría más agujeros.

2.- Construir un Arca de Noé. Es cierto que eso de construir un barco para asegurar la supervivencia de la raza humana y las especies animales (excepto los dinosaurios, que según los creacionistas bíblicos convivieron con los humanos pero se ahogaron todos en el Diluvio Universal) goza de cierta tradición, pero tampoco es muy viable. Para empezar, a estas alturas resultaría difícil reunir los materiales, y más en estas fechas en las que Correos anda medio colapsada por los envíos navideños. Luego está el problema de construirla, aprovisionarla y llenarla de parejas de toda clase de animales (y si sigue usted las indicaciones bíblicas es un auténtico problema, porque sencillamente no caben). Y todo para que, al final, el barquito se hunda con la primera ola, como le hubiese ocurrido a la verdadera Arca de Noé si realmente hubiese existido, teniendo en cuenta que un barco de madera de esas dimensiones no tiene suficiente resistencia estructural como para afrontar una mar un poco revuelta. Además, si al final el fin del mundo viene por un impacto de meteorito, ¿realmente cree que estar en un barco le va a servir de mucho?

3.- Comprar un búnker. De cara a este fin del mundo se han construido pocas Arcas de Noé (aunque alguna sí que ha habido), pero en cambio se han vendido un montón de búnkers. Pero créame, no es una buena idea. Para empezar está lo de la garantía: por mucho que el constructor le jure y perjure que el búnker es a prueba de apocalipsis, ¿cómo puede estar seguro el comprador? Tengamos en cuenta que, si a la hora de la verdad el búnker no resiste el cataclismo y el comprador se muere, no va a tener manera de reclamar que le devuelvan el dinero. Y si no se muere, peor aún: emergerá a un mundo arrasado en el que los únicos seres vivos serán otros tipos tan ricos (bueno, ex-ricos) y, sobre todo, tan estúpidos como para haberse gastado una millonada en comprarse unos refugios para protegerse del fin del mundo solo porque alguien les dijo que alguien ha dicho que los mayas hicieron un calendario que se acaba el día 21. Menuda compañía, ¿no cree?

4.- Unirse a una secta. En vista de lo difícil que es evitar el fin del mundo a base de bombazos y protegerse de sus consecuencias con barcos de madera y búnkers de pacotilla, es posible que tenga usted la tentación de resignarse y unirse a una de las muchas sectas milenaristas que pululan por ahí. No es algo muy original, desde luego: el adjetivo “milenarista” viene precisamente de eso, de los que (supuestamente) predicaban el fin del mundo al llegar al final del primer milenio de nuestra era, y de hecho muchas sectas, incluyendo algunas tan conocidas como la de los Testigos de Jehová, tienen su origen en predicciones del apocalipsis. Incluso el cristianismo, en cierta medida, surgió por el temor a la llegada del fin de los tiempos. Lo que pasa es que los tiempos se han empeñado en no acabarse, y a pesar de que hoy en día muchos de esos grupos sigan existiendo, no deja de ser un tanto patético pensar que su fe surgió por creerse una profecía que resultó, como es notorio, absolutamente equivocada.

5.- Suicidarse. Si lo pensamos fríamente, eso de suicidarse porque va a llegar el fin del mundo y vamos a morir todos no deja de resultar bastante chocante, pero hay gente que lo hace, por motivos religiosos (como ocurrió en 1997 con los integrantes de la secta Heaven’s Gate) o por puro y simple miedo, como por desgracia está ocurriendo también esta vez. Pero, aparte de que no va resolver nada, lo del suicidio puede incluso resultar contraproducente; imaginemos, por ejemplo, que el fin del mundo llega en forma de apocalipsis zombi: sería como mandar los papeles para enrolarnos por anticipado, ¿no?

6.- Gastárselo todo en una juerga. Claro que también existe la opción contraria, la de quienes, en vista de que el mundo se va a acabar, deciden gastárselo todo en una enorme juerga anticipada. Bueno, con moderación se puede hacer; por ejemplo, si el día 20 está usted en Bilbao puede acercarse a las charlas sobre el fin del mundo que organiza Círculo Escéptico, seguidas por lo que los organizadores han bautizado con guasa como “la última cena”. Pero eso de gastarse todos sus bienes en bebida, caviar y compañía es totalmente absurdo. Tenga en cuenta que, si resulta que el fin del mundo no llega, al final se encontrará usted pobre, resacoso y, si ha tenido la ocurrencia de coger el coche después de la juerga, con unos cuantos puntos menos en el carné. Y si, después de todo, sí que llega, probablemente se encuentre demasiado enfermo como para gozar del espectáculo (que es, al fin y al cabo, lo único positivo del fin del mundo, que probablemente sea un espectáculo inolvidable, de esos que uno recuerda hasta el fin de su vida). Vamos, que si tiene ganas de gastárselo todo (y eso va también para los que se metan en una secta, que normalmente lleva consigo el tener que donar sus bienes) acuérdese de la Cruz Roja, Cáritas o alguna otra de esas muchas ONG que se dedican a asistir a los más necesitados. Hágalo aunque sea por egoísmo: tenga en cuenta que cuando pase la fecha y el mundo no se haya acabado, usted, que se lo gastó todo, se encontrará también entre esos necesitados.

7.- Hacer eso que nunca se atrevió a hacer. También cabe la posibilidad de que sienta usted la tentación de hacer eso que nunca se atrevió a hacer. Pero claro, “de perdidos al río”, y si el 22 vamos a estar todos criando malvas (suponiendo que la catástrofe global respete a las malvas), ¿por qué no decirle al jefe en su cara eso que nunca se atrevió a decirle? ¿Por qué no hacer eso que nunca hizo por vergüenza, como ponerse a bailar desnudo en medio de la calle? ¿O por miedo a las consecuencias, como hacerle una pedorreta al Guardia Civil de tráfico que le informa de que ha superado el límite de velocidad y que son seiscientos euros del ala? Pues precisamente por esas consecuencias: si el mundo no se acaba, o tiene usted la inmensa suerte de que el día 22 le toque el gordo de la lotería y pueda mudarse a las Bahamas, o el jefe le va a poner de patitas en la calle, la gente le señalará como el pirado que bailaba sin ropa, y el Guardia Civil le va a empapelar a multas.

8.- Subirse a las alturas. Pero supongamos que usted no ha hecho ninguno de esos disparates y que llega el día 21 y, en efecto, ese planeta Niburu que lleva años a puntito de chocar contra la Tierra va y finalmente se presenta. La reacción tradicional, como hemos visto muchas veces en el cine, es salir huyendo de la ciudad y subir a las montañas, cuanto más alto mejor, ¿verdad? Craso error. En primer lugar porque es bastante inútil: si un gran asteroide se precipitase contra la Tierra, subiendo a la cima de los Pirineos es posible que evitase usted el consiguiente tsunami, es cierto, pero mucho antes de que las olas llegasen a la costa habría sido convenientemente abrasado, pulverizado y, en fin, muertecito del todo, por el calor y las ondas de choque generadas por el impacto. En realidad, la única ventaja teórica que tendría eso de subirse a una montaña es poder ver bien el espectáculo, pero probablemente ni siquiera eso sea posible: gracias al cine todo el mundo tendrá la misma idea, y probablemente el momento más trascendente, espectacular y, ejem, último de la Humanidad le pille a usted metido en un atasco y con vistas a un polígono industrial.

Fotografías del asteroide Toutatis obtenidas por la sonda china Chang'e-2. Toutatis tampoco chocará contra la Tierra el día 21.

Fotografías del asteroide Toutatis obtenidas por la sonda china Chang’e-2. Toutatis tampoco chocará contra la Tierra el día 21.

9.- Escribir un decálogo. Sea como sea, lo que no debería hacer nadie con vistas al fin del mundo es escribir un decálogo. Sí, es cierto que algunos contienen ideas útiles: siempre viene bien que nos recuerden que junto a las provisiones hay que llevarse al búnker un abrelatas, no sea que se encuentre uno con una provisión de latas de fabada para varios años y sin ninguna posibilidad de abrirlas. Pero lo de los decálogos es algo tan manido, tan trillado, que personalmente no me fiaría de nadie que escribiese una de esas listas de “diez cosas”. Seguro que son mala gente.

10.- Pero lo más fundamental, lo más importante que no debe hacer ante el inminente fin del mundo es, sencillamente, creérselo. A lo largo de la historia ha habido miles (literalmente) de profecías anunciando nuevos diluvios, catástrofes terribles, Segundas Venidas y demás imaginativas formas de cargarse a nuestro planeta o, por lo menos, a quienes lo habitamos. Y hasta ahora ni una sola de ellas ha servido para nada mas que para dar lugar a lucrativos negocios entre los agoreros (¿a nadie le mosquea que alguien que predica el inminente fin del mundo lo haga vendiendo sus artículos y sus libros, en vez de hacerlo gratis? ¿Para qué va a querer el dinero después del apocalipsis?) y desgracias entre los más crédulos. Desgracias que van desde las económicas (como las de quienes han vendido sus bienes para comprarse uno de esos búnkers) o psíquicas (las de quienes han ido engrosando las filas de las religiones surgidas al calor de esas profecías) hasta las más terribles, las muertes de quienes, por miedo, desesperación o falsas esperanzas, han acabado suicidándose.

Tenemos mucho de qué preocuparnos. Desde el futuro de nuestro entorno, amenazado por la actividad humana y la superpoblación, hasta las amenazas cósmicas reales que nunca podremos descartar del todo. Así que ocupémonos de eso y no de lo que nos cuentan tipos que la semana que viene ya no hablarán del fin del mundo, sino que nos venderán otras historietas sobre fantasmas, las “caras de Bélmez”, los ovnis o cualquier otro pseudomisterio… hasta que toque otra vez contarnos que el mundo se va a acabar. Que no tardarán, ya lo verán…

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