Entre un buey y una mula…

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Si son ustedes aficionados al belenismo quizá les haya preocupado que Benedicto XVI haya escrito en su libro “La infancia de Jesús” que en el portal de Belén no había ni buey ni mula. Por suerte ha escrito el libro  más bien como Joseph Ratzinger en vez de hacerlo investido de toda la autoridad papal, porque si hubiese escrito ex cathedra sus portales se quedarían bastante vacíos. Por mi parte, aunque eso de que según el Papa los simpáticos animales no estuvieran presentes en el nacimiento de Jesús ha aparecido en los grandes titulares de muchos medios, lo que de verdad me ha conmocionado, como aficionado a la astronomía, es lo de la estrella de Belén.

La idea de identificar un supuesto milagro con un fenómeno más o menos natural no es nueva, pero sí un tanto ridícula. Desde un punto de vista racional resulta absurdo pensar que, por ejemplo, el episodio de Moisés abriendo las aguas del Mar Rojo es más creíble si hacemos un estudio demostrando que sería posible que un oportuno y fortísimo vendaval pudiera secar un estrecho sendero en el fondo del Golfo de Suez; en el caso, eso sí, de que la climatología de la zona y la orografía del fondo marino fuesen distintas de las reales (y por si no creen que haya quien pierda el tiempo en esas tonterías, el estudio está aquí). Por otra parte, desde el punto de vista de un creyente la cosa tampoco debería ser muy satisfactoria: al fin y al cabo está relegando el papel de un Dios todopoderoso al de un simple chapucero que se aprovecha de las circunstancias para deslumbrar a sus fieles. Pero, por otro lado, también parece dar un aire de respetabilidad, una especie de confirmación histórica a los milagros, y eso ha resultado siempre muy útil desde que los rudimentos del método científico empezaron a socavar la mitología religiosa.

Aunque hubo algún precedente en el mundo del arte, quizá el primero que se atrevió a formular seriamente una hipótesis natural para explicar un supuesto hecho sobrenatural fue Kepler, precisamente con la estrella de Belén, y casi cuatrocientos años más tarde Benedicto XVI ha hecho prácticamente lo mismo. Algunos medios aseguran que según el Papa la estrella de Belén fue una supernova, es decir, la explosión de una gran estrella al agotar su combustible. Se trata de un fenómeno espectacular, ya que la explosión produce tanta luz como todo el resto de la galaxia a la que pertenece, pero en realidad no sirve: aparte de que la idea no es ninguna novedad (ya la expuso Arthur C. Clarke en su excelente cuento corto titulado precisamente La Estrella, que podrán encontrar con facilidad buscando por Internet), lo cierto es que la observación de una supernova más antigua de la que se tiene constancia ocurrió en el año 185, y aunque el estudio de las nebulosas resultantes de ese tipo de explosiones ha permitido identificar otras más antiguas, ninguna se produjo en la época de Jesús.

“La adoración de los Magos”, de Giotto (c. 1306). Giotto fue el primero que representó la estrella de Belén como un cometa, sin duda influido por su visión del cometa Halley en 1301 (imagen de Wikipedia Commons).

Pero las supernovas no son el único fenómeno del que podría echarse mano, y a pesar de los titulares, a juzgar por el único fragmento del libro que ha publicado la prensa, el Papa ha imitado del todo a Kepler y ha elegido como su hipótesis favorita la de una conjunción planetaria. En concreto dice que

La conjunción astral de los planetas Júpiter y Saturno en el signo zodiacal de Piscis, que tuvo lugar en los años 7-6 a. C. –considerado hoy como el verdadero periodo del nacimiento de Jesús– habría sido calculada por los astrónomos babilonios y les habría indicado la tierra de Judá y un recién nacido «rey de los judíos».

Lo cual queda muy bonito y seguro que a más de un creyente le pone los pelos de punta, pero, ¡ay!, tampoco aguanta un mínimo examen crítico. Es cierto que, como asegura varias veces el autor, los astrónomos babilonios conocían y habían calculado esas y otras conjunciones planetarias, aunque también sabemos, por lo que dejaron escrito, que no les dieron absolutamente ninguna importancia. Lo que de verdad les resultaba significativo era la aparición de cometas, a los que dedicaron muchísima más atención (aunque Benedicto XVI no ha podido agarrarse a ninguno de ellos porque las fechas se le descabalarían aún más). Algo que compartían con muchos otros pueblos de la antigüedad, entre otras cosas porque las conjunciones son fenómenos llamativos y muy bonitos, pero predecibles. Más aún: en una conjunción los planetas suelen aproximarse mucho (desde nuestro punto de vista), pero muy raramente hasta el punto de confundirse con una estrella, como pueden ver, sin ir más lejos, en la que comentamos por aquí hace algún tiempo. Si encima le añadimos el hecho de que la conjunción de Júpiter y Saturno en los años 7 y 6 antes de Cristo resultó prácticamente invisible por la proximidad del Sol, la propuesta de Benedicto XVI (y de todos los que le precedieron) se cae por los suelos.

Simulación de la conjunción de febrero del año 6 a.C. desde al-Hillah, en las inmediaciones de Babilonia (supuesto lugar de procedencia de los Magos según Benedicto XVI). Además de estar relativamente separados, debido a su proximidad aparente al Sol los planetas sólo serían visibles durante unos minutos justo después del anochecer.

En realidad todos estos intentos de justificar un milagro -una estrella que guía a los magos hasta Belén y luego se planta encima del pesebre para indicar bien el sitio exacto del nacimiento- con un fenómeno astronómico real -y que por tanto, debido a la rotación terrestre, sale por el Este y se pone por el Oeste, sin indicar ningún camino ni mucho menos “pararse” sobre ninguna parte- tienen tan poca entidad como los de esos ufólogos que aseguran que el comportamiento de la estrella se corresponde con lo que cabría esperar de un ovni (y de nuevo no se rían, que hay hasta quien ha pedido públicamente y sin el menor sentido del ridículo que se cambie la estrella de los belenes por un pequeño platillo volante). Como decíamos más arriba, su única finalidad es intentar proporcionar alguna aparente “prueba” histórica que confirme un dogma de fe, en este caso el nacimiento de Jesús.

Prueba directa y también indirecta: al hablar de la conjunción de los años 7 y 6 a.C. Benedicto XVI resuelve el problemilla de que el rey Herodes I murió el año 4 a.C. (dato que conocemos con toda precisión, curiosamente, porque su muerte coincidió con un eclipse de Luna que ha podido ser perfectamente datado), lo cual hacía difícil imaginarlo en el año 1 recibiendo a los Magos de Oriente o decretando la matanza de los inocentes, como cuenta San Mateo. Y aunque no arregla el otro problemilla que plantean los Evangelios, que Jesús nació en Belén porque su familia tuvo que trasladarse allí a causa de un censo realizado “siendo Quirino gobernador de Siria”, supongo que el Papa cuenta con que los fieles que escuchen el comienzo del Evangelio de San Lucas durante la misa del Gallo no sepan que Quirino fue nombrado para tan alta magistratura en el año 6 d.C.

Porque, en el fondo, ese es el gran problema: que las únicas fuentes que hablan del nacimiento de Jesús son los Evangelios, y estos se contradicen entre sí, acogen leyendas procedentes de la tradición judía o de otras religiones como la mitraica (de ahí vienen, precisamente, lo de la estrella y los Magos) y, en suma, su valor como crónica histórica oscila entre lo muy dudoso y lo sencillamente nulo.

De modo, amigos belenistas, que no se preocupen: pongan el buey y la mula. Y también, si quieren, esa ristra de chorizos y ese huerto de tomates que quedan tan monos junto al río de papel de aluminio, y hasta un platillo volante sobre el pesebre, si les da por ahí. Con toda tranquilidad: por mucha extravagancia que le echen al asunto, su belén será históricamente tan riguroso como el que ha descrito el Papa en su libro. Y seguro que hasta más vistoso, ¿verdad?

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