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Tópicos y montañas

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Desde que, como cuenta la leyenda, Arquímedes saltó de su bañera y recorrió las calles de Siracusa gritando su famoso “¡eureka!”, “¡lo encontré!”, la imagen típica y tópica del científico es la de un personaje, generalmente masculino, vestido de bata blanca y tan centrado en sus pensamientos que a menudo hasta olvida ponerse los calcetines (la anécdota, en este caso, se la cuelgan a Einstein). Y no es una simple caricatura propia del cine, la televisión o la mala literatura: mucha gente considera normal y hasta deseable que un buen científico se centre en su especialidad, aunque sea a costa de mostrar una ignorancia sobre cualquier otra cosa que no perdonaríamos en cualquier otra persona.

Pero se trata de un tópico: aunque es cierto que la ciencia moderna exige muchas veces un grado increíble de especialización, también lo es que muchos científicos extienden su curiosidad a muchas otras materias, dentro y fuera de la ciencia. Y de hecho hay ocasiones en las que esa curiosidad, esa multidisciplinariedad, les ha permitido salir de algún que otro atolladero científico.

Tenemos un ejemplo muy bonito en la historia del puerto del Gran San Bernardo, en la frontera entre Suiza e Italia. Y cuando digo “bonito” lo digo en todos los sentidos: su historia y sus leyendas resultan tan encantadoras como su paisaje. Pero ese paisaje, esas leyendas y esa historia, en su parte conocida, sirvieron durante mucho tiempo como unas anteojeras para los arqueólogos que intentaban desentrañar su pasado.

El hospicio del Gran San Bernardo (foto del autor, junio de 2004).

El puerto del Gran San Bernardo se encuentra a gran altitud (2473 metros sobre el nivel del mar), y esa altitud y su morfología lo convierten cada invierno en un auténtico infierno helado, acumulando espesores de nieve que alguna vez han superado los veinte metros. Sin embargo, ya desde la antigüedad era un paso muy transitado, y aunque la “caída” del Imperio Romano (espero que me perdone Miguel Vega por usar ese término) provocó su abandono durante varios siglos, en la Edad Media el resurgimiento del comercio y, sobre todo, las peregrinaciones religiosas volvieron a llenarlo de viajeros. Pero el camino seguía siendo peligroso, tanto por su climatología como por la presencia de bandidos, osos y lobos, de modo que en 1049 Bernardo de Menthon (posteriormente canonizado como San Bernardo) fundó en su punto más alto un hospicio para ayudar, atender y alojar a los viajeros. El hospicio, que aún funciona como tal, fue el lugar de origen de los famosos perros San Bernardo, que se empleaban sobre todo para escoltar a quienes cruzaban el paso, pero que se hicieron especialmente famosos por sus tareas de rescate de viajeros extraviados. Y que, por cierto, nunca llevaron el famoso barrilito colgado al cuello.

Pero el puerto, como decía, había sido utilizado ya desde muy antiguo, y de hecho en el siglo I de nuestra era los romanos edificaron en él un conjunto de tres edificios, justo al otro lado del lago, en el aún llamado “Llano de Júpiter”. Los edificios fueron arrasados en la Edad Media, y sus materiales fueron a parar a los cimientos y sótanos del hospicio y a alguna que otra iglesia de la zona, pero aún son perfectamente visibles los lugares que ocupaban, junto con parte del trazado de la vieja vía romana. Uno de aquellos edificios era un templo dedicado a Júpiter, en cuyas inmediaciones se ha encontrado una gran cantidad de placas de bronce, estatuillas y otros exvotos. Pero de los otros dos apenas queda nada, y su función no está nada clara.

Uno de los exvotos de época romana hallados en el Gran San Bernardo

Lugar donde se alzaba el templo a Júpiter (foto del autor, agosto de 2012).

Restos de la vía romana; al fondo, el hospicio (foto del autor, agosto de 2009).

O sí, porque los primeros arqueólogos del Llano de Júpiter lo tuvieron clarísimo desde un principio: seguro que eran una mansio, una casa-refugio para viajeros con funciones similares a las del hospicio medieval. Al fin y al cabo, pensaban, en época romana también había que proteger a quienes cruzaban el paso frente a las inclemencias del tiempo. De hecho, tenían tan claro el concepto que aun hoy en día los visitantes del Llano de Júpiter son recibidos por un cartel en el que figura un plano de situación del templo y la mansio.

Cartel con la incorrecta disposición de los edificios de época romana del Llano de Júpiter (foto del autor, agosto de 2012)

Mansio que, en realidad, nunca existió. De hecho no faltó quien lo sospechaba ya desde mediados del siglo XX: teniendo en cuenta su planta, los edificios eran demasiado pequeños para desempeñar esa función. Pero tuvieron que pasar muchos años hasta que un arqueólogo inglés, Patrick Hunt, se dedicase a estudiar los restos desde un punto de vista al mismo tiempo más especializado y más interdisciplinar. Más especializado porque se dedica precisamente a la arqueología alpina, y más interdisciplinar porque no tiene en cuenta únicamente los datos que puedan obtenerse de lo que va desenterrando, sino también sus conocimientos sobre la economía y el comercio de la época. Y, lo más importante: el clima.

Y es que el clima de la época romana no era el mismo que el actual. Sabemos, por ejemplo, que los romanos cultivaban vid en Gran Bretaña (algo prácticamente impensable hoy en día), y numerosos indicios demuestran que las temperaturas eran más cálidas que las actuales. En lo que respecta a los Alpes, el retroceso de los glaciares, debido entre otras cosas al calentamiento global que experimentamos, ha dejado al descubierto restos arqueológicos de épocas romana y prerromana, señal evidente de que en aquella época los glaciares también eran más pequeños que en períodos más recientes. Y, en fin, todo indica que los inviernos eran mucho más suaves y la cota de nieve mucho más elevada que en la Edad Media o incluso en la actualidad.

De modo que cabe suponer que los romanos no necesitaban construir una mansio con la que proteger a los viajeros del intenso frío y las grandes nevadas, sencillamente porque no se producían. De hecho, los restos encontrados en las excavaciones de Hunt apuntan más bien a que las instalaciones del Llano de Júpiter eran algún tipo de taller.

Restos de la supuesta “mansio” -probablemente un taller- del Llano de Júpiter (foto del autor, agosto de 2012)

Pero claro, para eso hay que ver un poco más allá, tener sentido crítico y no conformarse, sin más, con los tópicos. Tópicos que incluyen al científico centrado en lo suyo y absolutamente ajeno a lo demás, y que, si existiera, probablemente no avanzaría ni un centímetro en su disciplina.

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