Giro copernicano

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Si al anochecer echan un vistazo hacia el oeste podrán ver dos astros especialmente brillantes. No se trata de estrellas, sino de dos planetas, Venus y Júpiter, y durante algunas semanas han estado trazando una bonita danza en el cielo que ha hecho las delicias de los aficionados a la astronomía de todo el mundo. Pero hace algo más de cuatro siglos hicieron algo más: se convirtieron en protagonistas de toda una revolución científica, el llamado “giro copernicano”.

Hasta el año 1543, la concepción astronómica dominante era el llamadogeocentrismo: la Tierra estaba en el centro del Universo, el Sol, la Luna y los planetas giraban a su alrededor en órbitas circulares, y más allá se extendía una esfera con las llamadas “estrellas fijas”. Era un modelo aparentemente sencillo, pero poco satisfactorio, ya que no encajaba con las observaciones de los astrónomos: los planetas parecían moverse a distintas velocidades e incluso, a veces, algunos de ellos “retrocedían” en su camino para después reanudarlo. Para paliar este problema fue necesario introducir una serie de artificios geométricos (los deferentesepiciclos yecuantes) que acabaron por hacerlo enormemente complejo.

De hecho fue esa complejidad una de las razones por las que un clérigo polaco,Nicolás Copérnico, se propuso encontrar una explicación más sencilla a los movimientos aparentes de los cuerpos celestes. En el modelo copernicano los planetas seguían desplazándose en órbitas circulares, pero no alrededor de la Tierra, sino del Sol. Sin embargo, su modelo seguía necesitando de deferentes, epiciclos y ecuantes (aunque en mucha menor cantidad), y tampoco lograba cuadrar por completo las predicciones astronómicas con las observaciones. Además, al colocar al Sol en el centro del Universo y describir a la Tierra como un planeta más sus ideas estaban tan cercanas a la herejía que el propio Copérnico fue retrasando la publicación del libro en el que exponía su tesis, De revolutionibus orbium coelestium, hasta el punto de que prácticamente coincidió con su fallecimiento.

A pesar de estos inconvenientes el sistema heliocéntrico (centrado en el Sol) fue poco a poco calando en el mundillo de los astrónomos, pero al igual que su gran rival, el sistema geocéntrico, se trataba de un puro ejercicio teórico: no había ninguna evidencia clara a favor de uno u otro.

Hasta enero de 1610, cuando Galileo Galilei apuntó su rudimentario telescopio hacia Venus y Júpiter.

Si hacemos lo mismo estos días, incluso un telescopio modesto nos permitirá apreciar dos cosas. Por un lado Venus, a pesar de ser el astro más brillante del cielo, no aparece como una esfera blanca y brillante, sino como una especie de media luna. A lo largo de varios meses de observación Galileo pudo comprobar que Venus, en efecto, se nos presenta con fases, al igual que la Luna. Además, su tamaño aparente era sensiblemente más pequeño en su fase de “Venus lleno” y notablemente mayor cuanto más se acercaba a su fase de “Venus nuevo”. La única explicación a estos fenómenos era que Venus girase realmente alrededor del Sol y más cerca de este que la Tierra, de modo que el “Venus lleno” y más pequeño coincidiese con el momento en que estuviese más lejos de nosotros y el Sol lo iluminase de pleno, y el “Venus nuevo” y más grande se produjera cuando estuviese entre la Tierra y el Sol y, por tanto, lo estuviéramos viendo más cercano a nosotros pero casi a contraluz.

¿Y Júpiter? Júpiter se encuentra más alejado del Sol que la Tierra, y no presenta fases, pero un pequeño telescopio nos lo muestra rodeado de cuatro puntos brillantes. Y bastan unos pocos días de observación atenta para comprobar que esos cuatro puntos son en realidad lunas que orbitan alrededor de Júpiter, las mayores de las varias decenas que giran sobre el gigante gaseoso.

En definitiva, con esas observaciones Galileo demostró que al menos un planeta giraba efectivamente alrededor del Sol, y que el hecho de que la Luna girase alrededor de la Tierra no es una prueba de que todos los demás cuerpos celestes tuvieran que girar también alrededor de nosotros, teniendo en cuenta que al menos cuatro lunas orbitaban alrededor de otro planeta.

Por supuesto Galileo necesitó muchos más datos para luchar contra la creencia dominante. Tuvo que demostrar que la Luna tiene montañas y valles y casi perder la vista observando las manchas del Sol, que demostraban que los cuerpos celestes, después de todo, ni eran tan perfectos e inmaculados como se creía ni resultaban tan diferentes de nuestro propio planeta. Tuvo que luchar contra siglos de astronomía ptolemaica y de filosofía aristotélica. Y tuvo que luchar, como es sabido, contra la propia Inquisición. La cosa no fue tan fácil.

Pero bueno, recordar esta historia es una manera tan buena como cualquier otra para animarnos a aprovechar el buen tiempo que ya tenemos encima, desempolvar el telescopio que trajeron al nene los Reyes Magos y disfrutar del cielo, ¿verdad?

Fotografía: De arriba a abajo: Venus, la Luna y Júpiter, Fernando Frías Sánchez, tomada el 23 de marzo.

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