Los diteros: una profesión perdida

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Apoyado en la pared de un bar descubrimos a un hombre joven, bien vestido y peinado. Tiene sólo 18 años, o quizás sean 17 ó 19. Viste una chaqueta americana, con una bufanda a cuadros debajo, y unos pantalones no demasiado oscuros.

Su brazo izquierdo lo apoya en un saliente de la pared, mientras que con la mano derecha sujeta una copa de vino. En su rostro aparece una amplia sonrisa, sincera, de las de antes. Aquellas sonrisas que no trataban de ocultar nada y que representaban la felicidad del momento, porque tampoco se sabía qué sucedería al día siguiente.

Este hombre, a pesar de lo que muchos puedan pensar por su aspecto elegante, era un trabajador, de aquellos que estaban todo el día en la calle, de puerta a puerta, hiciera sol o diluviara. No era un señorito que empleaba a otras personas mientras disfrutaba de los amigos. Pero sí era un señor. A sus 83 años, José Narváez Ramos sigue siendo aquel caballero amable y risueño, ditero, amante de la calle, como él mismo dice. Y no puede abandonar la dita. De ninguna de las maneras.

¿Y qué es un ditero? ¿Y la dita? Son palabras extrañas para muchos, sobre todo los más jóvenes, ya que los diteros son trabajadores de un oficio en vías de extinción. Los diteros eran personas que se dedicaban a vender todo tipo de productos a cualquier persona que los necesitara, con la diferencia de que lo cobraban a plazos, mayores o menores, en función de las necesidades de los clientes.

Era una época difícil, en plena posguerra española. Todos tenían que buscarse la vida de algún modo para poder vivir. O, mejor dicho, sobrevivir. Y así nacieron muchas profesiones, por pura necesidad. Había muchas carencias, y poco dinero para pagar por cubrirlas. Muchas personas necesitaban comprar objetos que no podían pagar de una sola vez, y ahí algunos encontraron una profesión. Los empresarios, o futuros empresarios, de hoy en día deberían aprender mucho de las personas de aquellas época. Eran unos verdaderos emprendedores. Y no solo los diteros, claro.

Antes no había apenas posibilidad de obtener un crédito, ni mucho menos los modernos microcréditos. No se podían pagar a plazos las camisetas, las sábanas o, más tarde, los frigoríficos. Entonces, los diteros, a modo de intermediarios, vendían toda clase de objetos que compraban previamente a un distribuidor, que le hacía un descuento por la gran cantidad de mercancías que necesitaba todas las semanas. Y, luego, los diteros también aplicaban un porcentaje de interés sobre el precio de venta al público de dichos productos. Así es como hacían su negocio que, por cierto, permitió a muchos vivir bastante bien.

José Narváez en la actualidad

José Narváez actualmente sigue ejerciendo su profesión. Le encanta explicar su trabajo y cómo empezó en él. “Me encargaba de llevar la leche al domicilio de los clientes de una tienda de barrio. Pateándome las calles es como decidí que quería dedicarme a vender cosas”, relata. “Empecé trabajando para otros como ditero, pero luego llevé mi propio libro”, cuenta con orgullo.

En su mirada se pueden ver los largos y numerosos años que lleva trabajando. El esfuerzo que suponía llevar dinero a casa, trabajando de lunes a sábado durante todo el día. Todavía hace sus cuentas a diario, y sale a cobrar a sus clientes, que ya son menos que los de antaño. Es el único ditero que queda en La Línea de la Concepción, donde hubo otros muchos, según él mismo dice. Muchos de sus clientes son hijos de los que tenía hace años y, probablemente, cuando deje de trabajar, se extinga esta profesión en esta ciudad, al igual que está pasando en otros muchos lugares.

Fotografía de portada: La Línea en fotos

Fotografía actual de José Narváez: Álvaro López

6 Comentarios

  1. Olé! Vivan los abuelos guapos y buenos! El mejor abuelo del mundo! Nos ha dado todo, lo que tiene y lo que no. El mas atento, el mas trabajador,el mas bondadoso, el mas solidario! Como el, NINGUNO! Te quiero abuelito! Y a ti Álvaro.

  2. Conozco el tema de los diteros ya que en mi pueblo era bastante frecuente recurrir a ellos para poder comprar artículos necesarios y que no se podían pagar al contado. Todos unos emprendedores en aquellos tiempos tan difíciles para todos. Felicidades Álvaro.

  3. Mi suegro es el mejor suegro del mundo,le quiero porque es maravilloso.Viva los buenos diteros.Ah Alvaro enhorabuena.Besos

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