El punto Aries

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Como todos los años por estas fechas, estos días los meteorólogos televisivos nos han informado, con una precisión de minutos y segundos, que hemos entrado en la primavera. En algunos casos incluso han llegado a mencionar que el hecho astronómico que señala (en nuestro país y otros muchos, pero no en todos) la llegada de la nueva estación es el equinoccio, el momento en que el día y la noche tienen la misma duración. Y unos pocos, los más aficionados a la divulgación, han mencionado que ese momento se produce cuando el Sol, visto desde la Tierra, parece cruzar el ecuador celeste. Bueno, pues ese cruce se produce en el llamado “punto Aries”.

Que resulta que ni es un punto, ni está en Aries.

Pero empecemos por el principio. A pesar de nuestra desastrosa legislación educativa, supongo que casi todos conocemos los dos movimientos básicos de la Tierra: la rotación y la traslación. O, lo que es lo mismo, el giro del planeta sobre su eje, que da lugar a la alternancia entre el día y la noche, y su revolución alrededor del Sol, que se completa al cabo de un año. Pero resulta que el movimiento de nuestro planeta es bastante más complejo.

Tenemos, por ejemplo, la llamada precesión, un fenómeno cuyo descubrimiento suele atribuirse a Hiparco, que vivió y observó los cielos en el siglo II antes de Cristo, aunque existen indicios de que en otras culturas se conocía incluso desde más antiguo. En cualquier caso, Hiparco observó que la posición de las estrellas en el cielo nocturno no se repetía exactamente cada año, como era de esperar, sino que había una pequeña variación. Este fenómeno se debe a que el eje de rotación de la Tierra no apunta siempre hacia los mismos puntos del cielo, sino que describe un pequeño círculo cada 25.771 años, y su consecuencia más visible era que los equinoccios, los puntos en los que el Sol parece cruzar el ecuador celeste, tampoco permanecían en el mismo lugar, sino que se iban retrasando poco a poco. Precisamente por este motivo el fenómeno suele conocerse como “precesión de los equinoccios”.

Desde la época dorada de la astronomía griega hasta ahora ya han transcurrido muchos siglos, y ese pequeño movimiento anual se ha ido acumulando hasta el punto de que los equinoccios se han desplazado nada menos que treinta grados desde la posición que tenían en los tiempos de Hiparco. De modo que, si en aquellos años el equinoccio vernal, el punto en el que el Sol cruza el ecuador celeste en primavera, estaba en la constelación de Aries (de ahí su denominación de “punto Aries”), en la actualidad se encuentra en Piscis y continúa desplazándose, como podemos ver en este gráfico:

Pero hay más: en 1728 un astrónomo británico, James Bradley, descubrió que la Tierra tampoco gira con total regularidad, sino que va “cabeceando” de forma cíclica. Por otra parte, diversos fenómenos (desde los grandes terremotos hasta el deshielo de los polos) producen desplazamientos de masas que, de nuevo, modifican ligeramente la inclinación del eje terrestre. Así que el “punto Aries” resulta que tampoco es un punto, es más bien una zona que varía año tras año.

El juego geométrico y gravitatorio que da lugar a estos movimientos terrestres merecería un artículo aparte, pero hoy nos quedaremos con sus consecuencias prácticas. Que desde un punto de vista práctico son, para qué nos vamos a engañar, bastante pocas; que los trópicos se desplacen unos pocos metros cada año, como muestra la siguiente fotografía, o que el “punto Aries”, que al fin y al cabo tampoco es un punto material, no esté exactamente donde pensábamos son datos curiosos, pero poco relevantes para la vida diaria.

Pero hay un grupo de personas para quienes estos movimientos terrestres, y en especial la precesión, sí que tienen una gran importancia: los creyentes en la astrología.

El “punto Aries” no solo define los equinoccios; también sirve para el cálculo de los horóscopos o las cartas astrales. Así, por ejemplo, yo soy Libra porque en mi fecha de nacimiento (el 14 de octubre) el Sol se encontraba en la constelación de Libra, cálculo que se realiza desde el “punto Aries”… y sin tener en cuenta que ese punto, como decíamos, se ha movido nada menos que treinta grados por el cielo desde que se definieron las constelaciones zodiacales, y de estar justo al “principio” de la constelación de Aries ha pasado a casi rebasar Piscis.

Porque si tenemos en cuenta ese dato, o simplemente calculamos la posición real del Sol un 14 de octubre, descubriremos que la constelación sobre la que se encuentra es la de Virgo, y mi horóscopo resulta estar hecho para un signo que en realidad no es el mío. Ni el suyo, ni el de nadie. Y tampoco crean que basta con agarrarse al signo anterior: las constelaciones no ocupan todas la misma superficie, y el Sol no “pasa” un mes en cada una de ellas, sino un período que oscila entre unos pocos días (como en el caso de Escorpio) y cerca de dos meses (Virgo, sin ir más lejos), así que un supuesto Tauro puede ser en realidad Piscis, un Leo será probablemente Géminis y un Capricornio, casi con toda seguridad, resultará ser un Ofiuco. Que esa es otra.

Así que ya saben: su horóscopo no es en realidad su horóscopo, y todo porque el “punto Aries” resulta que no es un “punto”, pero sobre todo no es “Aries”. Bueno, y porque cualquier parecido entre la astrología y la realidad es pura coincidencia. Pero eso, como lo de Ofiuco, puede servir para otra historia…

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